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19 de febrero de 2021
25 de noviembre de 2016
El Arte en Egipto
Hola mis poetas, bienvenidos de nuevo al blog. Hoy volvemos con cosas sobre Egipto, en este caso sobre su arte y muchos de sus monumentos, espero que os guste la entrada.
La civilización egipcia desarrolló un arte que permaneció casi inalterable durante toda la época faraónica. Las obras que dejaron los antiguos egipcios nos informan de su manera de pensar. Los templos y las tumbas reales reflejan el poder del faraón y de los dioses a través de su monumentalidad. Los sistemas constructivos expresan, mediante el uso de la línea y el ángulo rectos, el concepto de equilibrio que les inspiraba su entorno geográfico. Las esculturas y los relieves y pinturas de las tumbas, que representaban al difunto, responden a la creencia en una vida en el Más Allá, idea que se veía reforzada por el efecto conservador ejercido por el clima sobre los cadáveres. Si bien las formas artísticas estaban determinadas por los condicionamientos naturales y culturales, los diferente materiales usados, así como la maestría de la realización y la abundancia de las obras nos hablan de un arte sumamente rico.
Los Relieves:
En Egipto existían dos tipos de relieve: el hueco o inciso y el bajorrelieve. En esta escena que se encuentra en el templo de Seti I, en Abidos, se puede apreciar el efecto que producía la luz en las figuras realizadas mediante el relieve inciso.
Las Tumbas:
Las pirámides de Giza son los ejemplos que se utilizan con más frecuencia para definir las construcciones funerarias. Las más grande de ellas, la pirámide de Keops, es la única de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo que aún sigue en pie.
El recinto sagrado de Karnak, junto con el de Luxor, era el principal centro de culto de la ciudad de Tebas. Estaba constituido por multitud de capillas, portales, patios, templos y otros edificios no relacionados con la religión.
Las paredes de las tumbas solían decorarse con pinturas y relieves pintados que hacían referencia a la vida del difunto. Los contornos de las figuras se realzaban con lineas oscuras, como muestran las pinturas de la tumba de Horemheb.
La Escultura:
La escultura ofrecía un amplio repertorio de temas. En algunos casos, los artífices agrupaban las figuras en tríadas, como ésta, en la que aparece el faraón Ramsés II entre el dios Amón y la diosa Mut.
Abu Simbel:
En Nubia se encuentran dos impresionantes templos excavados en la roca por orden de Ramsés II. Fueron descubiertas por el suizo J.L. Burckhardt a principios del siglo XIX y, poco después, el italiano Giambattista Belzoni los liberó de las arenas del desierto.
Filas:
El templo de Filas, dedicado a la diosa Isis, se construyó en época ptolemaica y es uno de los mejor conservados de Egipto. El edificio fue trasladado de Filas a la isla Aguilkia para salvarlo de las aguas del embalse de Asuán.
Edfu:
En Edfu se encuentra el templo egipcio que ha llegado a nuestros días en mejor estado de conservación. Era la morada del dios Horus, quien, en forma de halcón, vigilaba la entrada al recinto.
Los Colosos de Memnón:
Los Colosos de Memnón son los últimos vestigios de lo que fuera el templo funerario del faraón Amenhotep III. Hoy, solitarios, vigilan el camino al Valle de los Reyes.
Luxor:
“El harén meridional de Amón” es el nombre egipcio del templo de Amón en Luxor. Una vía jalonada de esfinges lo unía al recinto sagrado de Karnak.
Deir El-Bahari:
Este valle albergaba tres templos funerarios. En la actualidad, el más completo es el de la reina Hatshepsut. La estructura horizontal de las construcciones contrasta con la verticalidad del acantilado.
Tell El-Amarna:
Ajenatón estableció la capital del imperio en Ajetatón o Tell El- Amarna y la dedicó a Atón, dios al que vemos representado en forma de Sol en numerosos relieves encontrados entre las ruinas de la cuidad.
Abidos:
Seti I mandó edificar su segundo templo mortuorio en Abidos. Esta ciudad, considerada santa por los egipcios, era el centro del culto a Osiris y un lugar de obligada peregrinación para todo egipcio.
Meidum:
Las tumbas halladas en Meidum han proporcionado algunos de los tesoros más preciados del arte egipcio, como la pintura que, con notable realismo, representa el paseo de unas ocas.
Beni Hassan:
Durante el Imperio Medio se excavaron treinta y nueve tumbas en los acantilados que se encuentran en la orilla oriental del Nilo en su curso medio. Algunas de ellas estaban decoradas con escenas de la vida civil y militar.
Saqqara:
En este paraje se encuentra una de las necrópolis más importantes de Menfis. Entre sus edificios destaca la primera construcción piramidal levantada por los egipcios: la Pirámide Escalonada de Dyoser.
Giza:
Las tres pirámides más conocidas del mundo se levantan en Giza, cerca de la cuidad de El Cairo. Sus complejos funerarios son hoy el principal centro de atracción de los visitantes de Egipto.
La Esfinge:
Este curioso templo, construido por orden del faraón Kefrén, tiene el cuerpo central en forma de león con cabeza humana.
Alejandría:
La ciudad de Alejandría fue famosa en la Antigüedad por su biblioteca y su faro. En la actualidad, algunos de sus monumentos se encuentran sumergidos y han sido objeto de espectaculares misiones arqueológicas.
Espero que os gustará la entrada y nos vemos en la próxima.
La civilización egipcia desarrolló un arte que permaneció casi inalterable durante toda la época faraónica. Las obras que dejaron los antiguos egipcios nos informan de su manera de pensar. Los templos y las tumbas reales reflejan el poder del faraón y de los dioses a través de su monumentalidad. Los sistemas constructivos expresan, mediante el uso de la línea y el ángulo rectos, el concepto de equilibrio que les inspiraba su entorno geográfico. Las esculturas y los relieves y pinturas de las tumbas, que representaban al difunto, responden a la creencia en una vida en el Más Allá, idea que se veía reforzada por el efecto conservador ejercido por el clima sobre los cadáveres. Si bien las formas artísticas estaban determinadas por los condicionamientos naturales y culturales, los diferente materiales usados, así como la maestría de la realización y la abundancia de las obras nos hablan de un arte sumamente rico.
Los Relieves:
En Egipto existían dos tipos de relieve: el hueco o inciso y el bajorrelieve. En esta escena que se encuentra en el templo de Seti I, en Abidos, se puede apreciar el efecto que producía la luz en las figuras realizadas mediante el relieve inciso.
Las pirámides de Giza son los ejemplos que se utilizan con más frecuencia para definir las construcciones funerarias. Las más grande de ellas, la pirámide de Keops, es la única de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo que aún sigue en pie.
Pirámide de Keops
Los Templos: El recinto sagrado de Karnak, junto con el de Luxor, era el principal centro de culto de la ciudad de Tebas. Estaba constituido por multitud de capillas, portales, patios, templos y otros edificios no relacionados con la religión.
Karnak
La Pintura: Las paredes de las tumbas solían decorarse con pinturas y relieves pintados que hacían referencia a la vida del difunto. Los contornos de las figuras se realzaban con lineas oscuras, como muestran las pinturas de la tumba de Horemheb.
La Escultura:
La escultura ofrecía un amplio repertorio de temas. En algunos casos, los artífices agrupaban las figuras en tríadas, como ésta, en la que aparece el faraón Ramsés II entre el dios Amón y la diosa Mut.
Abu Simbel:
En Nubia se encuentran dos impresionantes templos excavados en la roca por orden de Ramsés II. Fueron descubiertas por el suizo J.L. Burckhardt a principios del siglo XIX y, poco después, el italiano Giambattista Belzoni los liberó de las arenas del desierto.
Filas:
El templo de Filas, dedicado a la diosa Isis, se construyó en época ptolemaica y es uno de los mejor conservados de Egipto. El edificio fue trasladado de Filas a la isla Aguilkia para salvarlo de las aguas del embalse de Asuán.
Edfu:
En Edfu se encuentra el templo egipcio que ha llegado a nuestros días en mejor estado de conservación. Era la morada del dios Horus, quien, en forma de halcón, vigilaba la entrada al recinto.
Los Colosos de Memnón:
Los Colosos de Memnón son los últimos vestigios de lo que fuera el templo funerario del faraón Amenhotep III. Hoy, solitarios, vigilan el camino al Valle de los Reyes.
Luxor:
“El harén meridional de Amón” es el nombre egipcio del templo de Amón en Luxor. Una vía jalonada de esfinges lo unía al recinto sagrado de Karnak.
Deir El-Bahari:
Este valle albergaba tres templos funerarios. En la actualidad, el más completo es el de la reina Hatshepsut. La estructura horizontal de las construcciones contrasta con la verticalidad del acantilado.
Tell El-Amarna:
Ajenatón estableció la capital del imperio en Ajetatón o Tell El- Amarna y la dedicó a Atón, dios al que vemos representado en forma de Sol en numerosos relieves encontrados entre las ruinas de la cuidad.
Abidos:
Seti I mandó edificar su segundo templo mortuorio en Abidos. Esta ciudad, considerada santa por los egipcios, era el centro del culto a Osiris y un lugar de obligada peregrinación para todo egipcio.
Meidum:
Las tumbas halladas en Meidum han proporcionado algunos de los tesoros más preciados del arte egipcio, como la pintura que, con notable realismo, representa el paseo de unas ocas.
Durante el Imperio Medio se excavaron treinta y nueve tumbas en los acantilados que se encuentran en la orilla oriental del Nilo en su curso medio. Algunas de ellas estaban decoradas con escenas de la vida civil y militar.
Saqqara:
En este paraje se encuentra una de las necrópolis más importantes de Menfis. Entre sus edificios destaca la primera construcción piramidal levantada por los egipcios: la Pirámide Escalonada de Dyoser.
Giza:
Las tres pirámides más conocidas del mundo se levantan en Giza, cerca de la cuidad de El Cairo. Sus complejos funerarios son hoy el principal centro de atracción de los visitantes de Egipto.
La Esfinge:
Este curioso templo, construido por orden del faraón Kefrén, tiene el cuerpo central en forma de león con cabeza humana.
Alejandría:
La ciudad de Alejandría fue famosa en la Antigüedad por su biblioteca y su faro. En la actualidad, algunos de sus monumentos se encuentran sumergidos y han sido objeto de espectaculares misiones arqueológicas.
Espero que os gustará la entrada y nos vemos en la próxima.
21 de noviembre de 2016
Egipto: La Vida después de la Muerte
Hola mis poetas, bienvenidos de nuevo.
Hoy voy a hablaros de la momificación egipcia.
Según creían los egipcios, el cuerpo constaba de diversas partes: el bai o alma, el ka o fuerza vital y el aj o fuerza divina inspiradora de vida. Para acceder a la vida después de la muerte, el ka necesitaba un soporte material, que habitualmente era el cuerpo del difunto. Éste debía mantenerse incorrupto, lo cual se conseguía con técnica de la momificación. Los sacerdotes funerarios se encargaban de extraer las vísceras del cuerpo y procedían a embalsamarlo. El tipo de momificación variaba según la clase social a la que pertenecía el difunto. La técnica de embalsamación era muy complicada y los sacerdotes debían de tener conocimientos de anatomía para extraer los órganos sin dañarlos. Durante el proceso de momificación, los sacerdotes colocaban una serie de amuletos entre las vendas con las que envolvían el cadáver, en las cuales había inscritas fórmulas destinadas a la supervivencia del difunto.
El dios Anubis se lleva el corazón del difunto:
Una vez preparado el cadáver y depositado en el sarcófago, tenía lugar una procesión que lo conducía a la tumba. El cortejo se iniciaba con el sacerdote funerario, al cual seguían varios criados que portaban los objetos pertenecientes al difunto. Estos objetos tenían la misión de proporcionarle comodidad en el Más Allá. El sarcófago era arrastrado por un primer trineo, mientras que otro trineo llevaba los vasos canopos. Cuando la procesión llegaba a la tumba, el sacerdote realizaba el ritual de la apertura de la boca, con el que se creía que la momia volvía a la vida. Todo el ajuar funerario, junto con el sarcófago y las ofrendas, se depositaba en la tumba, que seguidamente se sellaba para que nadie turbara el eterno reposo del difunto. Entonces, éste iniciaba un largo recorrido por el mundo de ultratumba. Anubis, guardián de las necrópolis y dios de la momificación, le conducía ante Osiris, soberano del reino de los muertos, el cual, junto con otros dioses, realizaba el llamado Juicio del Alma, en el que se pesaba el corazón del difunto. Si el peso de las malas acciones era superior al peso de una pluma, el difunto era devorado por un monstruo. Si superaba satisfactoriamente esta prueba, debía recorrer un mundo subterráneo lleno de peligros hasta llegar al paraíso.
El cortejo fúnebre:
Los objetos que los criados llevaban en los cortejos fúnebres permiten conocer múltiples aspectos de la vida cotidiana en el Antiguo Egipto. En las representaciones de estos cortejos podemos ver jarras, cofres, sillas, lechos, ropa, alimentos y otras muchas cosas.
Los vasos canopos:
Las vísceras, una vez extraídas del cuerpo del difunto, se lavaban y embalsamaban. Después se depositaban en cuatro jarras que representaban unas divinidades llamadas Hijos de Horus, las cuales las protegían de la destrucción. Estas jarras, con tapa en forma de hombre, mono, chacal y halcón, se conocen como vasos canopos. Su nombre puede deberse a la cuidad de Canopus, cercana a Alejandría, donde Osiris era adorado como jarra con cabeza humana. Según otra versión, Canopo era un personaje mitológico que fue enterrado en Egipto. Los vasos canopos se introducían en una caja que, en el cortejo fúnebre, era arrastrada por un trineo.
Amset:
El hígado estaba en una jarra con tapa en forma de cabeza humana
Duamutef:
Un vaso con tapa en forma de chacal guardaba el estómago
Hapi:
La cabeza de mandril indicaba el vaso que contenía los pulmones
Kebsenuf:
Un vaso con la cabeza de halcón guardaba los intestinos
Las Máscaras funerarias:
El difunto debía ser reconocido en el Más Allá. Por ese motivo, encima de las vendas del cuerpo momificado se colocaba una máscara con un retrato idealizado. Las máscaras de los faraones estaban hechas de oro y lapislázuli. Según el mito, la carne de los dioses era de oro, su cabello de lapislázuli y sus huesos de plata, material muy escaso en Egipto. Los faraones se representaban con la apariencia del dios Osiris, soberano de los muertos. En la cabeza llevaban el nemes, que era un tocado a rallas con el ureo, la serpiente protectora de los faraones, en la parte frontal. Los brazos aparecían cruzados sobre el pecho y con una mano sujetaban el cetro real, mientras que con la otra sostenían un flajelo.
Máscara funeraria de una princesa del Imperio Medio
Anubis y la momificación:
El dios Anubis era el guardián de las necrópolis y, según los egipcios, estaba presente en el proceso de momificación. Su cabeza en forma de chacal, que representaba su animal favorito, hacía referencia a los animales que merodeaban por las tumbas. Los sacerdotes embalsamadores le tenían como patrón y cuando realizaban el ritual de la momificación se ponían una máscara de chacal, adoptando el papel de Anubis.
El escarabajo del corazón:
Entre las capas de vendajes se colocaban diversos amuletos. Algunos tenían forma de escarabajo, de ojos o de pilares, y eran auténticas joyas. Estaban destinados a proteger al difunto contra los peligros que le acechaban en el otro mundo. Un escarabajo como el que aparece en la imagen se colocaba en lugar del corazón. En su cara posterior llevaba grabado un capítulo del Libro de los Muertos, que hacía referencia al Juicio del Alma. En él, el difunto rogaba a su corazón que no lo contradijera y que no mintiera delante de los dioses.
Los Ushebtis:
Los ushebtis, palabra que significa “los que responden”, eran pequeñas estatuillas que se colocaban en la tumba del difunto y tenían la función de servirle en el Más Allá. Los más valiosos estaban hechos de lapislázuli, pero también los había de madera o de piedra. A menudo eran figuras masculinas con un arado o una azada y un saco en la espalda. En la parte delantera llevaban escrito un capítulo del Libro de los Muertos. Recitándolo se les dotaba de vida y podían trabajar en lugar del difunto. En algunas tumbas se han encontrado hasta trescientos sesenta y cinco ushebtis, cada uno de los cuales correspondía a un día del año. En las tumbas de los faraones, el número de ushebtis puede ser incluso superior.
Los Sarcófagos:
La momia se colocaba en un sarcófago, que podía ser de piedra, de madera recubierta con materiales preciosos o simplemente de madera. Inicialmente, los sarcófagos eran rectangulares, pero más tarde se construyeron con forma humana.
Sarcófago de Tutankhamón
Y esto es todo por hoy, seguiré subiendo más cosas sobre Egipto y más música, nos vemos en la siguiente entrada.
18 de noviembre de 2016
Ramsés II: Rey de Reyes
Hola mis poetas
Hoy os voy a hablar del faraón Ramsés II
Ramsés II fue el tercer faraón de la XIX Dinastía, gobernó Egipto entre los años 1279-1213 a. C A lo largo de su reinado, sus victorias frente a los hititas y los nubios le propiciaron fijar las fronteras de Egipto allí donde estuvieron en los que el imperio sufrió su mayor expansión.
La sociedad egipcia se abrió al exterior y asimiló algunas costumbres extranjeras. En esta época, las actividades comerciales fueron tan prosperas que atrajeron a gentes que procedían de Asia y de las islas del Egeo.
El padre de Ramsés, Seti I, al ver la fuerte personalidad de su hijo, rápidamente lo asocio al trono. Desde pequeño ya destacó en el arte de la guerra y, durante la primera parte de su largo reinado, las campañas militares fueron muy numerosas. Algunas de ellas tuvieron importantes repercusiones políticas, como la emprendida contra los hititas y que significó la firma de un pacto entre los dos imperios más grandes del momento. Sin embargo, la vejez debilitó el carácter dominante de Ramsés, delegó sus responsabilidades políticas en la clase sacerdotal y se desentendió de la inestable situación que se vivía en el exterior. Egipto empezó a perder influencia en favor del imperio asirio y no se preparó para las destructivas migraciones de tribus indoeuropeas que acabaron con algunas culturas del Mediterráneo oriental.
La actividad constructiva fue muy importante durante su reinado. Erigió grandes templos, como los de Abu Simbel o el Rameseo, y creo una nueva capital, Pi-Ramsés, en el Delta. Asimismo, acabó o restauró edificaciones de épocas anteriores.
Seti I
Ramsés destacó también por su entrono domestico. Sabemos por los textos de la época que tuvo ocho esposas principales, entre las que se cuentan dos de sus hijas y una de sus hermanas, además de un numeroso harén. Pero de todas sus mujeres, la favorita fue la primera, Nefertari. Del mismo modo, los documentos coetáneos le atribuyen más de un centenar de hijos. La fama de Ramsés continua viva en la actualidad. Sus obras aún despiertan admiración y sus restos pavor. En una ocasión, su momia levanto un brazo ante una multitud de visitantes cuando estaba expuesta en una sala del Museo Egipcio del Cairo. Las causas se atribuyeron a una contracción de los músculos secos producida por el calor. Hoy, Ramsés descansa en una cámara acondicionada para conservar las momias reales.
Momia de Ramsés II
Al llegar al trono, todo faraón había de llevar a cabo una serie de trabajos, entre los que se contaba la construcción de edificios. El Rameseo, templo funerario cercano a Tebas, era como una pequeña cuidad donde se unían la vida laica y la religiosa.
El poder de Ramsés II:
Esta estatua de diorita negra se considera el mejor retrato del rey y expresa el poder del faraón sobre sus enemigos. Por ello, sus pies pisan nueve arcos que simbolizan la totalidad de los enemigos de Egipto.
El nombre real de Ramsés:
Los cartuchos, que contenían el nombre del rey, tenían la forma de un lazo alargado que se anudaba en la base y simbolizaba al faraón rodeado por el sol.
Ramsés Guerrero:
El faraón aparece subido en su carro y con su leopardo domesticado al lado en este dibujo realizado por Ippolito Rosellini a partir de uno de los relieves del Templo Grande de Abu Simbel.
Ramsés, azote del enemigo:
Como poder supremo del país, el faraón tenía el deber de defenderlo. En esta escena aparece Ramsés representado del mismo tamaño que el dios Amón y sujetando a sus enemigos por los cabellos.
Las esposas del faraón:
Ramsés II tuvo muchas esposas pero de todas ellas la favorita era Nefertari. El faraón le dedicó numerosos monumentos, como el Templo pequeño de Abu Simbel. En esta pintura, procedente de su tumba en el Valle de las Reinas, Nefertari aparece jugandose el destino de su alma al senet, juego que se parecía a nuestro ajedrez. Lleva puesto un amplio vestido de lino blanco y su tocado adopta la forma de la diosa buitre Nejbet.
Nefertari:
El nombre de la reina contenido en este cartucho significa “la Bella”. Pero esta belleza fue truncada por una muerte temprana, cuando la reina contaba con treinta años.
Abu Simbel:
En este lugar de Nubia se encuentran dos templos excavados en la montaña que, en la década de los 60, fueron trasladados para salvarlos de las aguas de la presa de Asuán. En el Templo Grande dos parejas de colosos que representan al Faraón flanquean la entrada. El Templo Pequeño estaba dedicado a Hathor y a Nefertari. Con la construcción de estos dos monumentos el Faraón dejó patente su dominio en Nubia.
Templo Grande de Abu Simbel
Templo pequeño de Abu Simbel
Ramsés Protegido de Amón:
El faraón rinde homenaje a Amón, dios protector de la monarquía, en este relieve del templo de Karnak. Para el, el rey hizo grabar en piedra un sinfín de plegarias con la intención de que le fuera favorable en las guerras que ampliaban y mantenían el poder de Egipto. Ramsés aparece arrodillado entre la triada tebana: Amón, sentado en su trono, su esposa Mut y su hijo Jonsu
19 de julio de 2016
Descubriendo la Momia de Hatshepsut:
Hola mis poetas, hoy os traigo una nueva noticia sobre egiptología.
“Dormía” en un oscuro rincón del sótano de El Cairo. Hacía más de un siglo que la momia de Sitre In, la nodriza de Hatshepsut, había sido hallada por el egiptólogo más mediático de todos los tiempos, el descubridor de la tumba de Tutankamón, Howard Carter. Ninguna de las dos tumbas construidas para albergar los restos mortales de la reina acogió jamás a su momia. Tutmosis III decretó la eliminación de todo rastro y huella de su predecesora, en un esfuerzo por borrar cualquier pista de su reinado de los registros históricos. Casi 3.500 años después, en 1903, Carter excavó una pequeña tumba en el Valle de los Reyes, la KV 60, en la que apenas encontró dos momias femeninas, semidesnudas, y un grupo de gansos momificados.
LA ÚNICA FARAONA:
Un botín muy pobre, aun a pesar de que una de las mujeres fue identificada como la nodriza de Hatshepsut. Aparentemente nadie prestó atención a la segunda momia, una anciana con el brazo derecho cruzado sobre el pecho; no hasta que Elizabeth Thomas, una eminente egiptóloga estadounidense que hizo un exhaustivo estudio sobre los hallazgos de la tumba KV 60 a mediados de la década de los 60, sugirió la posibilidad de que la momia anciana fuera nada más y nada menos, la de la reina Hatshepsut, hija de Tutmosis I y la única faraona de Egipto, que rigió el destino del país de las Dos Tierras entre los años 1490 y 1468 a. C. Nadie se tomó entonces demasiado en serio las razonables tesis de Thomas, que llamó la atención sobre la singular posición del brazo derecho de la momia, con la mano sobre el pecho, un rasgo muy común entre las momias de personajes de la realeza. El interés del mediático Zahi Hawass, ex Ministro de Antigüedades de Egipto, por la enigmática figura de la reina reavivó la curiosidad, cuatro décadas después, por la momia de la tumba KV 60.
GRACIAS A UNA MUELA:
Así, con las pista facilitada por Elizabeth Thomas, un equipo de científicos supervisado por Hawass trabajó, valiéndose de las últimas tecnologías, en la identificación definitiva del cuerpo. En primer lugar, se comparó el ADN mitocondrial con el de los restos de Ahmose-Nefertari, matriarca de la XVIII dinastía, y el estudio reveló el parentesco genético entre ambas momias. Posteriormente se procedió a realizar un escáner en tres dimensiones del cuerpo embalsamado, cotejando los resultados con las momias de otros familiares directos. Pero la pieza clave del puzzle fue una insignificante muela. Encontrado en un vaso funerario con el nombre de la reina Hatshepsut localizado en el templo de Deir el-Bahari, el molar tenia la clave del enigma. El profesor de odontología Yehya Zakariya examinó una a una las dentaduras de todas aquellas momias que encajaban con la descripción de Hatshepsut en el momento de su muerte. El molar de Deir el-Bahari media 1.591 Unidades Hounsfield (la escala para determinar la densidad radiológica), mientras que el fragmento de la dentadura de la momia de la tumba KV 60 media 1.549; dos cifras virtualmente idénticas. A la momia, en efecto, le faltaba una muela, y la pieza encajaba perfectamente en la maltrecha dentadura objeto de estudio. No quedaba, en apariencia, lugar a dudas: la momia de la anciana de la tumba KV 60, descubierta hacía más de un siglo por Howard Carter y abandonada durante años en un sótano del Museo Egipcio de El Cairo, era, en efecto, la de la reina Hatshepsut. Así, en 2007, quedó finalmente resuelto el enigma y se anunció a bombo y platillo el que era, en opinión de Hawass y su equipo, el descubrimiento más trascendental de la egiptología desde que Carter localizara la tumba de Tutankamón en 1922.
DIABÉTICA Y OBESA:
Ahora sabemos, gracias al pormenorizado estudio de la momia llevado a cabo en los últimos años, que Hatshepsut tenía una dentadura muy dañada en el momento de su muerte, sufría diabetes y falleció a la edad de 50 años, probablemente víctima de un cáncer. Era , además, una mujer obesa. Tanto es así, que en el proceso de momificación la reina tuvo que ser eviscerada a través de la base de la pelvis y no, como era habitual, desde el abdomen. Hatshepsut, al fin, y pese al empeño de Tutmosis III de enterrar su legado en el olvido, tenía rostro. No hay duda de que, por la trascendencia histórica del personaje, la identificación de la momia constituye una de las cimas de la egiptología contemporánea. Es más discutible que, como afirmó Hawass en su día, se trate en efecto del hallazgo más importante en la arqueología egipcia desde 1922. Con toda seguridad es el más espectacular pero, según los estándares de la egiptología moderna, más allá del fenomenal impacto mediático, esta condición es, como mínimo, cuestionable.
4 de julio de 2016
Ramsés III: Magnicidio en el Imperio Nuevo
Hola mis poetas:
Parece increíble, pero varios misterios que rodeaban a uno de los crímenes políticos más famosos de la antigüedad han sido resueltos hace apenas cuatro años gracias a las nuevas tecnologías.
El faraón se encontraba en uno de los varios harenes que rodeaban su palacio de Tebas. Allí disfrutaba de sus esposas y bajo la atenta mirada de las sirvientas. Danza, música, bebida, juegos y también sexo eran las diversiones habituales. Ramsés III se encontraba tranquilo, con la guardia baja.
Fue entonces cuando alguien se le acercó por detrás. Su presencia no estaba prevista por el monarca, pero sí por quienes habían preparado cuidadosamente la conspiración. Llevaba un cuchillo en la mano. Con decisión recorrió la distancia que todavía le separaba del rey del Alto y Bajo Egipto y le rebanó el cuello: lo degolló. Ramsés III ni siquiera alcanzó a ver a su asesino antes de morir.
LA CONSPIRACIÓN DEL HARÉN:
La escena tuvo lugar hace casi 3.200 años y constituye un episodio decisivo de la Historia de Egipto, conocido como “la conspiración del harén”. Una esposa secundaria de Ramsés III orquestó el complot para acabar con el faraón. Su objetivo era intentar que fuera su hijo - y no otro candidato - el que subiera al trono. Los egiptólogos saben desde hace setenta años - por la traducción de un papiro- que la maquinación no logró los resultados esperados y que sus responsables fueron juzgados y condenados a muerte, pero se desconocía hasta hace poco si la victima de la conspiración había llegado a fallecer durante la traición o había sobrevivido.
El misterio quedó aclarado hace apenas cuatro años, en 2012, cuando un equipo de paleontólogos comandado por el experto alemán Albert Zink estudió en profundidad la momia del faraón, escaneandola y sometiéndola a tomografías computerizadas y análisis de ADN. Lo que encontraron fue sensacional: los vendajes alrededor de su cuello habían ocultado la presencia de un gran tajo, de una anchura de 7 centímetros y lo suficientemente profundo como para haber provocado la muerte en el acto del poderoso emperador.
Los embalsamadores se habían esforzado por ocultarlo y habían mostrado un último signo de piedad hacia su soberano: durante la momificación, introdujeron en la herida un amuleto de Horus. Su función era la de sanar el corte producido, para que el faraón no lo sufriese en la otra vida.
Todo esto ocurrió en 1153 a. C, cuando Ramsés III había sobrepasado ya los treinta años de reinado. Era por entonces un anciano, que rondaba los 65 o 70 años y que no gozaba de buena salud. En palacio y en el harén se sabía que su final estaba cerca y algunos decidieron que era el momento de darle un empujoncito a la naturaleza para que el relevo generacional fuese más rápido.
La artífice de este cruento golpe de Estado palaciego fue Tiy, una esposa de segunda categoría del faraón. Alguien como Ramsés podía tener decenas de ellas, en muchos casos fruto del establecimiento de relaciones con otros reinos, o de la renovación de las alianzas preexistentes; por eso se las llamaba también esposas diplomáticas. El envío de una princesa al faraón era una forma de sellar un buen acuerdo con Egipto para los reyes vecinos de África u Oriente Medio.
UN CRIMEN POLITICO Y PASIONAL:
La existencia de una conspiración era un suceso conocido para los historiadores desde que el egiptólogo Adriaan de Buck tradujo completamente en 1937 un papiro que explica con todo lujo de detalles lo ocurrido. Al documento se le conoce como “Papiro Judicial de Turín”. Contiene la relación completa de quienes participaron en la conspiración, así como el veredicto del juicio al que fueron sometidos y los castigos que los magistrados decidieron aplicar a cada uno. El papiro se escribió con toda probabilidad para ser expuesto en la plaza pública y que todo el mundo pudiera leerlo, de forma que sirviera como advertencia para atemorizar a quien en el futuro pudiera tener la tentación de repetir una felonía semejante. Junto a este documento fundamental, hay varios papiros más que han permitido completar el conocimiento de lo sucedido, a pesar del mucho tiempo transcurrido. Y lo que narran no desmerece para nada el mejor thriller político-pasional de nuestros días.
En esta conjura palaciega participaron al menos treinta componentes del círculo de personajes más próximos al faraón: lo sabemos porque fueron detenidos, acusados y condenados. En el grupo también había un príncipe, Pentaueret, personaje fundamental en la trama ya que era a él a quien querían situar en el trono su madre, la citada Tiy, y sus secuaces. El legítimo heredero era Amonhirkhopshef (que reinaría como Ramsés IV), quinto hijo del faraón y de su esposa principal. Cuando se fraguó la conspiración, Ramsés estaba aquejado de múltiples dolencias. Los análisis de su momia muestran evidencias de que sufría una arteriosclerosis galopante. El final estaba próximo para él y la ambiciosa Tiy deseaba fervientemente alterar el orden natural de la sucesión.
TERRIBLES CASTIGOS PARA LOS CONJURADOS:
Para ello se había ganado el apoyo de otras concubinas reales, que a su vez la habían ayudado a captar adeptos del máximo nivel para su causa. Uno de los principales era el ministro del Tesoro, un general que también era hermano de una de las integrantes del harén. Otros participantes notables eran dos sacerdotes expertos en sortilegios y magia negra.
Un grupo de golpistas numeroso, bien situado en palacio y con una organización minuciosa: todo estaba muy bien planeado. Y el golpe triunfó...pero fracasó. Es decir, los traidores lograron su primer objetivo de matar al faraón, pero fracasaron en la segunda parte: Pentaueret no fue proclamado rey. Lo sabemos porque quien subió al trono fue el príncipe Amonhirkhopshef, el heredero designado con anterioridad por Ramsés, y porque los conjurados fueron detenidos y llevados a juicio por orden de este sucesor. Se nos escapa, en cambio, cuál fue la causa del fracaso. Al “Papiro Judicial de Turín” le falta la primera pagina y los expertos creen que en ella se detallaban estos datos fundamentales.
De lo que si hay sobrada información es del escarmiento que sufrieron los condenados. El juicio fue minucioso, dirigido por una comisión de doce altos cargos, algunos responsables de la investigación y otros de las diligencias procesales. Pero tal era el grado de penetración de los traidores entre los altos funcionarios, que tres de los magistrados fueron corrompidos por los acusados: las concubinas y el general implicado en la conspiración habían comprado su parcialidad organizándoles una fiesta subida de tono. La deshonrosa acción fue denunciada finalmente por uno de ellos. Los tres acabaron engrosando la lista de acusados.
Una conspiración que se había aproximado tanto al corazón de las más altas instancias egipcias no podía sino tener un castigo ejemplar, ya que había amenazado con llevarse por delante la solida organización estatal faraónica. Así, las sentencias incluyeron la ejecución de algunos, el destierro de otros e incluso la terrible orden de cortarles la nariz y las orejas a ciertos acusados. Varios de los que padecieron este último castigo se suicidaron a continuación.
EL DESTINO DEL PRÍNCIPE PENTAUERET:
Los cinco acusados de más alto rango recibieron también la sentencia de muerte, aunque su aplicación les permitía salvar la dignidad, al no exponerlos al escarnio público y ser cumplida en privado. Uno de ellos fue, como es natural, el príncipe Pentaueret.
Aunque durante mucho tiempo se ha considerado que al príncipe traidor se le permitió quedarse a solas en una habitación para quitarse él la vida, la investigación del equipo que descubrió el asesinato de Ramsés III también ha cambiado el punto de vista sobre cómo fue el final de su fallido usurpador.
El descubrimiento se hizo al analizar ADN de una momia de un joven de unos 18 años, enterrado sin ninguna identificación pero muy cerca del soberano. La sorpresa fue mayúscula al comprobar que era un pariente muy directo de Ramsés III. El paleontólogo Albert Zink explicó que “a partir de nuestros análisis genéticos podemos probar que ambos estaban estrechamente relacionados. Compartían el cromosoma Y, así como el 50% de su material genético, factores ambos típicos de una relación padre-hijo”.
Al examinar el cuerpo del joven, se descubrió que en el cuello mostraba unos pliegues cutáneos inusuales, consecuencia de presiones alrededor de él. El pecho, estaba inflado. Ambos signos serían indicadores de que fue estrangulado hasta la muerte. Ese es el final más probable para el joven Pentaueret.
Otro llamativo dato es que estaba cubierto con una piel de cabra, un procedimiento de enterramiento impropio de alguien de la familia real. En conjunto podría haberse tratado de una forma de castigar al fallecido, despojándolo de los procedimientos rituales más dignos. Todo ello reforzaría la hipótesis de que se trataba del príncipe que intentó usurpar el trono.
Llegados a este punto, el lector sin duda se preguntará qué le ocurrió a ambiciosa Tiy, cerebro de toda la operación. Ese es todavía uno de los grandes misterios que resta en la historia de esta conspiración. No existe ninguna constancia escrita de lo que le pasó, ni a ella ni a las concubinas que se sumaron al complot. Los papiros nada dicen sobre su destino. Se han formulado varias hipótesis, como la de que Tiy habría sido condenada a muerte pero no se quiso divulgar la sentencia para que el nuevo faraón no apareciese a los ojos de su pueblo como excesivamente cruel.
UN FARAÓN MADURO Y HÁBIL:
La vida de Ramsés III no hacía presuponer un final tan triste como el que tuvo. En realidad, fue un rey que demostró tener pericia en el arte de gobernar, a pesar de haberse tenido que enfrentar a algunos duros retos.
Su habilidad pudo provenir de haber accedido al trono bastante tardíamente para la época: no reinó hasta los 40 años, de manera que conoció a seis faraones antes, incluido el longevo Ramsés II, que vivió hasta casi los 90 (cuando el futuro Ramsés III tenía 10). Sin embargo, nada tenía que ver familiarmente con el a pesar de utilizar el mismo nombre.
La ascendencia de Ramsés III no tiene una larga genealogía detrás. Sólo conocemos a su padre, Setnajt, el faraón que inició la dinastía XX. Éste nunca dejó constancia del nombre, la procedencia ni el cargo de sus progenitores, ni tampoco Ramsés dedicaría ninguna mención a sus abuelos. Esto indica probablemente que Setnajt era de origen plebeyo y que quizás había tomado el poder por la fuerza. Así que a Ramsés no deberían haberle sorprendido las conspiraciones.
Setnajt era un militar oriundo de la cuidad fronteriza de Pi Ramsés, en la parte oriental del delta del Nilo. En esta urbe obtuvo sus principales apoyos y de ella provenían los hombres de confianza tanto de él como de Ramsés III.
Aunque el reinado de Setnajt apenas duró dos años (1186-1184 a. C), logró conjurar un peligro que había perturbado a sus antecesores: someter a los poderes locales, que cuarteaban la autoridad central del faraón y amenazaban con disgregar el reino. Su hijo participó en estas acciones al ser nombrado “comandante en jefe de las comarcas de Egipto reunidas en una sola entidad”.
Así, Ramsés III subió al trono con la lección muy bien aprendida. Afirmó su poder ganándose voluntades con cuantiosas inversiones y ofrendas que beneficiaban a los poderosos locales y al clero. Pero no le bastó con la habilidad política cuando tuvo que enfrentarse a la amenaza de los Pueblos del Mar.
Estos fueron una confederación de tribus procedentes de Grecia, los Balcanes y las islas mediterráneas que vivían como nómadas de los mares y que atacaron todos los principales reinos de la ribera oriental del Mediterráneo. A ellos se les atribuye actualmente la destrucción de Troya ( los aqueos eran uno de estos pueblos) y la del imperio hitita, entre otros acontecimientos violentos que cambiaron el curso de la Historia en el siglo XVII a. C.
Asolando todo lo que hoy es Oriente Próximo, avanzaron hacia el sur de esta región y provocaron así una oleada de refugiados del reino de Amurru (en la actual Siria), algo que visto en nuestros días no puede sino demostrar que la Historia se repite. De boca de estos refugiados le llegaron información a Ramsés III las primeras informaciones sobre la inminencia de una invasión. Egipto sería la siguiente presa.
Ramsés hizo una dramática llamada a las armas. En el templo de Medinet Habu podemos leer grabadas sus palabras: “los extranjeros han venido desde sus países en las islas en medio del mar y se dirigen hacia el nuestro, confiados en su fuerza”. Allí también podemos ver las imágenes, en relieves en la piedra, de las dos batallas que entabló antes de que alcanzaran territorio egipcio.
El primer enfrentamiento transcurrió en una llanura enmarcada por colinas, quizás en Judea. En los grabados podemos distinguir -por la precisión con que están reproducidos los trajes y atuendos- cómo Ramsés contó con la colaboración de mercenarios de origen sherden (posiblemente sirios y los mismos que luego se instalaron en la isla de Cerdeña y le dieron nombre: de ahí la proximidad fonética entre los dos gentilicios). Los sherden también formaban parte de los Pueblos del Mar, por lo que es factible que el juego de alianzas de estas tribus piratas fuera cambiante en función del mejor postor. Lograron cercar al enemigo y rodearlo en una trampa envolvente que acabó en masacre.
La segunda batalla fue naval; por cierto, la primera de este género documentada de toda la Historia. Su recreación en los relieves de Medinet Habu es de una excepcional calidad artística. Acaeció en 1176 a. C. y el escenario pudo ser cercano al delta oriental del Nilo. El faraón quiso adelantarse a la entrada de los piratas por la desembocadura del río, un tipo de incursión al que ya se había enfrentado su predecesor Ramsés II. Los invasores se distinguen en las imágenes por llevar barcos con mascarones de proa de aves acuáticas y por los cascos que los identifican como pelesets (una tribu anatolia de la que surge el nombre de Palestina y que son los filisteos de la Biblia) y shekelesh (también de origen anatolio, y que luego posiblemente fueran los primeros pobladores conocidos de Sicilia). Todos llevaban las típicas armas micénicas.
Mientras los invasores se aprestaban a poner pie en tierra, se vieron sorprendidos por la aparición de los navíos egipcios, que cargaron contra sus popas y los sometieron a una lluvia de flechas y lanzas. Empujados hacia la orilla, los Pueblos del Mar se encontraron allí ante otra sorpresa: la infantería del faraón escondida en la playa. La maniobra fue un éxito. “Numerosos como la arena, han sido aniquilados, hechos prisioneros y llevados como tales a Egipto”, ordenó escribir Ramsés III.
Estos episodios marcaron el ocaso histórico de los Pueblos del Mar y un éxito fundamental para Ramsés III: uno de sus mayores logros, sino el mayor. Todo ello, sin embargo, no bastó para que en sus últimos años se librara de la conspiración que explicábamos al inicio. Así, Ramsés III se convirtió en el primero de muchos casos conocidos de gobernantes exitosos en los campos de batalla y luego derrotados en otros ámbitos: Churchill es un ejemplo similar y muy cercano (triunfante en la II Guerra Mundial, cayó derrotado en los comicios que su país celebró el mismo año de la victoria). Son las lecciones de la Historia, que siempre repite sus advertencias a los poderosos.
Información extraída de la revista Muy Interesante.
Me despido de vosotros hasta la próxima.
Parece increíble, pero varios misterios que rodeaban a uno de los crímenes políticos más famosos de la antigüedad han sido resueltos hace apenas cuatro años gracias a las nuevas tecnologías.
El faraón se encontraba en uno de los varios harenes que rodeaban su palacio de Tebas. Allí disfrutaba de sus esposas y bajo la atenta mirada de las sirvientas. Danza, música, bebida, juegos y también sexo eran las diversiones habituales. Ramsés III se encontraba tranquilo, con la guardia baja.
Fue entonces cuando alguien se le acercó por detrás. Su presencia no estaba prevista por el monarca, pero sí por quienes habían preparado cuidadosamente la conspiración. Llevaba un cuchillo en la mano. Con decisión recorrió la distancia que todavía le separaba del rey del Alto y Bajo Egipto y le rebanó el cuello: lo degolló. Ramsés III ni siquiera alcanzó a ver a su asesino antes de morir.
La momia de Ramses III
LA CONSPIRACIÓN DEL HARÉN:
La escena tuvo lugar hace casi 3.200 años y constituye un episodio decisivo de la Historia de Egipto, conocido como “la conspiración del harén”. Una esposa secundaria de Ramsés III orquestó el complot para acabar con el faraón. Su objetivo era intentar que fuera su hijo - y no otro candidato - el que subiera al trono. Los egiptólogos saben desde hace setenta años - por la traducción de un papiro- que la maquinación no logró los resultados esperados y que sus responsables fueron juzgados y condenados a muerte, pero se desconocía hasta hace poco si la victima de la conspiración había llegado a fallecer durante la traición o había sobrevivido.
El misterio quedó aclarado hace apenas cuatro años, en 2012, cuando un equipo de paleontólogos comandado por el experto alemán Albert Zink estudió en profundidad la momia del faraón, escaneandola y sometiéndola a tomografías computerizadas y análisis de ADN. Lo que encontraron fue sensacional: los vendajes alrededor de su cuello habían ocultado la presencia de un gran tajo, de una anchura de 7 centímetros y lo suficientemente profundo como para haber provocado la muerte en el acto del poderoso emperador.
Los embalsamadores se habían esforzado por ocultarlo y habían mostrado un último signo de piedad hacia su soberano: durante la momificación, introdujeron en la herida un amuleto de Horus. Su función era la de sanar el corte producido, para que el faraón no lo sufriese en la otra vida.
Todo esto ocurrió en 1153 a. C, cuando Ramsés III había sobrepasado ya los treinta años de reinado. Era por entonces un anciano, que rondaba los 65 o 70 años y que no gozaba de buena salud. En palacio y en el harén se sabía que su final estaba cerca y algunos decidieron que era el momento de darle un empujoncito a la naturaleza para que el relevo generacional fuese más rápido.
La artífice de este cruento golpe de Estado palaciego fue Tiy, una esposa de segunda categoría del faraón. Alguien como Ramsés podía tener decenas de ellas, en muchos casos fruto del establecimiento de relaciones con otros reinos, o de la renovación de las alianzas preexistentes; por eso se las llamaba también esposas diplomáticas. El envío de una princesa al faraón era una forma de sellar un buen acuerdo con Egipto para los reyes vecinos de África u Oriente Medio.
Amuleto de Horus
UN CRIMEN POLITICO Y PASIONAL:
La existencia de una conspiración era un suceso conocido para los historiadores desde que el egiptólogo Adriaan de Buck tradujo completamente en 1937 un papiro que explica con todo lujo de detalles lo ocurrido. Al documento se le conoce como “Papiro Judicial de Turín”. Contiene la relación completa de quienes participaron en la conspiración, así como el veredicto del juicio al que fueron sometidos y los castigos que los magistrados decidieron aplicar a cada uno. El papiro se escribió con toda probabilidad para ser expuesto en la plaza pública y que todo el mundo pudiera leerlo, de forma que sirviera como advertencia para atemorizar a quien en el futuro pudiera tener la tentación de repetir una felonía semejante. Junto a este documento fundamental, hay varios papiros más que han permitido completar el conocimiento de lo sucedido, a pesar del mucho tiempo transcurrido. Y lo que narran no desmerece para nada el mejor thriller político-pasional de nuestros días.
En esta conjura palaciega participaron al menos treinta componentes del círculo de personajes más próximos al faraón: lo sabemos porque fueron detenidos, acusados y condenados. En el grupo también había un príncipe, Pentaueret, personaje fundamental en la trama ya que era a él a quien querían situar en el trono su madre, la citada Tiy, y sus secuaces. El legítimo heredero era Amonhirkhopshef (que reinaría como Ramsés IV), quinto hijo del faraón y de su esposa principal. Cuando se fraguó la conspiración, Ramsés estaba aquejado de múltiples dolencias. Los análisis de su momia muestran evidencias de que sufría una arteriosclerosis galopante. El final estaba próximo para él y la ambiciosa Tiy deseaba fervientemente alterar el orden natural de la sucesión.
Ramsés IV
TERRIBLES CASTIGOS PARA LOS CONJURADOS:
Para ello se había ganado el apoyo de otras concubinas reales, que a su vez la habían ayudado a captar adeptos del máximo nivel para su causa. Uno de los principales era el ministro del Tesoro, un general que también era hermano de una de las integrantes del harén. Otros participantes notables eran dos sacerdotes expertos en sortilegios y magia negra.
Un grupo de golpistas numeroso, bien situado en palacio y con una organización minuciosa: todo estaba muy bien planeado. Y el golpe triunfó...pero fracasó. Es decir, los traidores lograron su primer objetivo de matar al faraón, pero fracasaron en la segunda parte: Pentaueret no fue proclamado rey. Lo sabemos porque quien subió al trono fue el príncipe Amonhirkhopshef, el heredero designado con anterioridad por Ramsés, y porque los conjurados fueron detenidos y llevados a juicio por orden de este sucesor. Se nos escapa, en cambio, cuál fue la causa del fracaso. Al “Papiro Judicial de Turín” le falta la primera pagina y los expertos creen que en ella se detallaban estos datos fundamentales.
De lo que si hay sobrada información es del escarmiento que sufrieron los condenados. El juicio fue minucioso, dirigido por una comisión de doce altos cargos, algunos responsables de la investigación y otros de las diligencias procesales. Pero tal era el grado de penetración de los traidores entre los altos funcionarios, que tres de los magistrados fueron corrompidos por los acusados: las concubinas y el general implicado en la conspiración habían comprado su parcialidad organizándoles una fiesta subida de tono. La deshonrosa acción fue denunciada finalmente por uno de ellos. Los tres acabaron engrosando la lista de acusados.
Una conspiración que se había aproximado tanto al corazón de las más altas instancias egipcias no podía sino tener un castigo ejemplar, ya que había amenazado con llevarse por delante la solida organización estatal faraónica. Así, las sentencias incluyeron la ejecución de algunos, el destierro de otros e incluso la terrible orden de cortarles la nariz y las orejas a ciertos acusados. Varios de los que padecieron este último castigo se suicidaron a continuación.
EL DESTINO DEL PRÍNCIPE PENTAUERET:
Los cinco acusados de más alto rango recibieron también la sentencia de muerte, aunque su aplicación les permitía salvar la dignidad, al no exponerlos al escarnio público y ser cumplida en privado. Uno de ellos fue, como es natural, el príncipe Pentaueret.
Aunque durante mucho tiempo se ha considerado que al príncipe traidor se le permitió quedarse a solas en una habitación para quitarse él la vida, la investigación del equipo que descubrió el asesinato de Ramsés III también ha cambiado el punto de vista sobre cómo fue el final de su fallido usurpador.
El descubrimiento se hizo al analizar ADN de una momia de un joven de unos 18 años, enterrado sin ninguna identificación pero muy cerca del soberano. La sorpresa fue mayúscula al comprobar que era un pariente muy directo de Ramsés III. El paleontólogo Albert Zink explicó que “a partir de nuestros análisis genéticos podemos probar que ambos estaban estrechamente relacionados. Compartían el cromosoma Y, así como el 50% de su material genético, factores ambos típicos de una relación padre-hijo”.
Al examinar el cuerpo del joven, se descubrió que en el cuello mostraba unos pliegues cutáneos inusuales, consecuencia de presiones alrededor de él. El pecho, estaba inflado. Ambos signos serían indicadores de que fue estrangulado hasta la muerte. Ese es el final más probable para el joven Pentaueret.
Otro llamativo dato es que estaba cubierto con una piel de cabra, un procedimiento de enterramiento impropio de alguien de la familia real. En conjunto podría haberse tratado de una forma de castigar al fallecido, despojándolo de los procedimientos rituales más dignos. Todo ello reforzaría la hipótesis de que se trataba del príncipe que intentó usurpar el trono.
Llegados a este punto, el lector sin duda se preguntará qué le ocurrió a ambiciosa Tiy, cerebro de toda la operación. Ese es todavía uno de los grandes misterios que resta en la historia de esta conspiración. No existe ninguna constancia escrita de lo que le pasó, ni a ella ni a las concubinas que se sumaron al complot. Los papiros nada dicen sobre su destino. Se han formulado varias hipótesis, como la de que Tiy habría sido condenada a muerte pero no se quiso divulgar la sentencia para que el nuevo faraón no apareciese a los ojos de su pueblo como excesivamente cruel.
UN FARAÓN MADURO Y HÁBIL:
La vida de Ramsés III no hacía presuponer un final tan triste como el que tuvo. En realidad, fue un rey que demostró tener pericia en el arte de gobernar, a pesar de haberse tenido que enfrentar a algunos duros retos.
Su habilidad pudo provenir de haber accedido al trono bastante tardíamente para la época: no reinó hasta los 40 años, de manera que conoció a seis faraones antes, incluido el longevo Ramsés II, que vivió hasta casi los 90 (cuando el futuro Ramsés III tenía 10). Sin embargo, nada tenía que ver familiarmente con el a pesar de utilizar el mismo nombre.
La ascendencia de Ramsés III no tiene una larga genealogía detrás. Sólo conocemos a su padre, Setnajt, el faraón que inició la dinastía XX. Éste nunca dejó constancia del nombre, la procedencia ni el cargo de sus progenitores, ni tampoco Ramsés dedicaría ninguna mención a sus abuelos. Esto indica probablemente que Setnajt era de origen plebeyo y que quizás había tomado el poder por la fuerza. Así que a Ramsés no deberían haberle sorprendido las conspiraciones.
Setnajt era un militar oriundo de la cuidad fronteriza de Pi Ramsés, en la parte oriental del delta del Nilo. En esta urbe obtuvo sus principales apoyos y de ella provenían los hombres de confianza tanto de él como de Ramsés III.
Aunque el reinado de Setnajt apenas duró dos años (1186-1184 a. C), logró conjurar un peligro que había perturbado a sus antecesores: someter a los poderes locales, que cuarteaban la autoridad central del faraón y amenazaban con disgregar el reino. Su hijo participó en estas acciones al ser nombrado “comandante en jefe de las comarcas de Egipto reunidas en una sola entidad”.
Así, Ramsés III subió al trono con la lección muy bien aprendida. Afirmó su poder ganándose voluntades con cuantiosas inversiones y ofrendas que beneficiaban a los poderosos locales y al clero. Pero no le bastó con la habilidad política cuando tuvo que enfrentarse a la amenaza de los Pueblos del Mar.
Estos fueron una confederación de tribus procedentes de Grecia, los Balcanes y las islas mediterráneas que vivían como nómadas de los mares y que atacaron todos los principales reinos de la ribera oriental del Mediterráneo. A ellos se les atribuye actualmente la destrucción de Troya ( los aqueos eran uno de estos pueblos) y la del imperio hitita, entre otros acontecimientos violentos que cambiaron el curso de la Historia en el siglo XVII a. C.
Asolando todo lo que hoy es Oriente Próximo, avanzaron hacia el sur de esta región y provocaron así una oleada de refugiados del reino de Amurru (en la actual Siria), algo que visto en nuestros días no puede sino demostrar que la Historia se repite. De boca de estos refugiados le llegaron información a Ramsés III las primeras informaciones sobre la inminencia de una invasión. Egipto sería la siguiente presa.
Ramsés hizo una dramática llamada a las armas. En el templo de Medinet Habu podemos leer grabadas sus palabras: “los extranjeros han venido desde sus países en las islas en medio del mar y se dirigen hacia el nuestro, confiados en su fuerza”. Allí también podemos ver las imágenes, en relieves en la piedra, de las dos batallas que entabló antes de que alcanzaran territorio egipcio.
Relieve que muestra como contaban las manos cortadas de los enemigos
El primer enfrentamiento transcurrió en una llanura enmarcada por colinas, quizás en Judea. En los grabados podemos distinguir -por la precisión con que están reproducidos los trajes y atuendos- cómo Ramsés contó con la colaboración de mercenarios de origen sherden (posiblemente sirios y los mismos que luego se instalaron en la isla de Cerdeña y le dieron nombre: de ahí la proximidad fonética entre los dos gentilicios). Los sherden también formaban parte de los Pueblos del Mar, por lo que es factible que el juego de alianzas de estas tribus piratas fuera cambiante en función del mejor postor. Lograron cercar al enemigo y rodearlo en una trampa envolvente que acabó en masacre.
La segunda batalla fue naval; por cierto, la primera de este género documentada de toda la Historia. Su recreación en los relieves de Medinet Habu es de una excepcional calidad artística. Acaeció en 1176 a. C. y el escenario pudo ser cercano al delta oriental del Nilo. El faraón quiso adelantarse a la entrada de los piratas por la desembocadura del río, un tipo de incursión al que ya se había enfrentado su predecesor Ramsés II. Los invasores se distinguen en las imágenes por llevar barcos con mascarones de proa de aves acuáticas y por los cascos que los identifican como pelesets (una tribu anatolia de la que surge el nombre de Palestina y que son los filisteos de la Biblia) y shekelesh (también de origen anatolio, y que luego posiblemente fueran los primeros pobladores conocidos de Sicilia). Todos llevaban las típicas armas micénicas.
Mientras los invasores se aprestaban a poner pie en tierra, se vieron sorprendidos por la aparición de los navíos egipcios, que cargaron contra sus popas y los sometieron a una lluvia de flechas y lanzas. Empujados hacia la orilla, los Pueblos del Mar se encontraron allí ante otra sorpresa: la infantería del faraón escondida en la playa. La maniobra fue un éxito. “Numerosos como la arena, han sido aniquilados, hechos prisioneros y llevados como tales a Egipto”, ordenó escribir Ramsés III.
Estos episodios marcaron el ocaso histórico de los Pueblos del Mar y un éxito fundamental para Ramsés III: uno de sus mayores logros, sino el mayor. Todo ello, sin embargo, no bastó para que en sus últimos años se librara de la conspiración que explicábamos al inicio. Así, Ramsés III se convirtió en el primero de muchos casos conocidos de gobernantes exitosos en los campos de batalla y luego derrotados en otros ámbitos: Churchill es un ejemplo similar y muy cercano (triunfante en la II Guerra Mundial, cayó derrotado en los comicios que su país celebró el mismo año de la victoria). Son las lecciones de la Historia, que siempre repite sus advertencias a los poderosos.
Información extraída de la revista Muy Interesante.
Me despido de vosotros hasta la próxima.
3 de diciembre de 2015
Nefertiti y Tutankamón: Asuntos de Familia Tercera Parte
Nefetiti significa “la bella ha llegado”, nombre acertado para la reina más hermosa de Egipto (con permiso de Cleopatra). ¿Exagerado calificarla de mujer perfecta? Quizá sí. Su famoso busto se realizó a partir de un núcleo de piedra caliza cubierto por capas de estuco. Un TAC del mismo reveló en el interior un rostro esculpido mas imperfecto; con arrugas, pómulos menos prominentes, nariz ligeramente sobresaliente... Los cambios debieron hacerse para que se adaptase mejor a los ideales de belleza de la época.
Pero ni siquiera ese photoshop arcaico, que probaría que la reina no fue tan perfecta como se creía, ha evitado que se la siga considerando una “mujer 10”. Tanto que en 2009 Nileen Namita se gastó 320.000 euros en cirugía estética con la esperanza de parecerse a ella. Excentricidades a parte basta contemplar su cabeza policromada para ahuyentar cualquier duda sobre su beldad.
Heroina o traidora, la vida de Nefertiti contiene todos los ingredientes de un culebrón: amor, poder, celos, traición, venganza.. y quizá asesinato. Criada en un harén, hacia 1345 a. C., con entre diez y doce años, se convirtió en la Gran Esposa Real de Akenatón, hijo de Amenhotep III. Aunque sus orígenes son inciertos, se sabe que pasó a ser una poderosa reina y que ayudó a su esposo a liderar una revolución. Akenatón desafió a la conservadora sociedad egipcia al cambiar su nombre como declaración de principios de su nueva orientación religiosa y, por tanto, política. El “faraón hereje” comenzó su reinado como Amenhotep IV y en el cuarto año se convirtió en Akenatón, “aquel que es eficaz en nombre de Atón”, un dios menor que elevó al rango de deidad única. Desbancado el dios principal, Amón, la pareja se propuso arrebatar el poder a sus grandes sacerdotes y, para evitar represalias, abandonó Tebas ( actual Luxor), capital de Egipto durante cientos de años, para fundar en una inhóspita y lejana región una nueva: Tell el-Amarna. En aquella revolución con tintes de sacrilegio, Nefertiti jugó un papel clave; mas que como reina, como corregente. ¿Pagó un terrible tributo por su autoridad e independencia y por eso, en el decimocuarto año de su reinado, desaparece de los registros? Pudo morir de peste, o despojada por un enigmático personaje: Semenejkaran. Para algunos jamas existió; para otros, fue el nombre que tomó Nefertiti al transformarse en faraón.
Nefertiti dio a Akenatón seis hijas, pero una esposa menor, Kiya, le dio un varón: el futuro Tutankamón. Kiya desapareció algo después de los registros. ¿Fue víctima de los celos de Nefertiti? Tras la muerte de Akentón, la reina, que crió al príncipe Tut, habría concertado el matrimonio de este con su hija Ankesenamón, asegurando así su reinado y el de sus herederos. Y regreso a Tebas con el cadáver de su esposo, para reconciliarse con los sacerdotes de Amón. Allí, la madrastra y suegra de Tut habría reinado, en la sombra, hasta su muerte. Como haría su sucesor, que, sabiendo que la única manera de salvar Egipto era seguir venerando a los antiguos dioses, cambió su nombre, Tutankatón, “viva imagen de Atón”, por el de Tutankamón, “viva imagen de Amón”.
En su ultimo acto como reina, Nefertiti tenía entre 28 y 35 años, aunque una estatua del Museo de Berlín la representa mucho mayor. De momento, sólo existen conjeturas sobre su muerte. ¿La asesinaron? De ser así, ¿fueron los sacerdotes de Amón o alguien interesado en borrar cualquier huella de la dinastía de Amarna?
Tampoco está clara la causa de la muerte de Tutankamón. En 2008, Yehia Gad y Somaia Ismail, del Centro Nacional de Investigación de El Cairo, analizaron su ADN y el de otras diez momias que se sospechaba que eran familiares directos, y se realizaron estudios topográficos. Estas investigaciones arrojaron datos sobre posibles enfermedades infecciosas que pudieron precipitar su fallecimiento. La presencia del Plasmodium falciparum probó que padecía malaria. ¿Murió por su causa directa o tal vez el parásito debilitó su sistema inmunitario y lo hizo más propenso a complicaciones?
A cada nueva investigación sobre Tutankamón y Nefertiti se acumula un valioso material, pero queda mucho para averiguar como vivieron y murieron. La mirada de la reina perdida de Egipto, con su única pupila, sigue siendo igual de inquietante que hace 3.000 años. Tanto o más que la que se intuye bajo la mascara del faraón mas universal. Ambos desafían el paso del tiempo. Saben que, mientras sigan siendo un enigma, se continuará hablando de ellos.
Nicholas Reeves no iba desencaminado con su tesis de que la existencia de otras cámaras en la tumba de Tutankamón. A principios de noviembre, las paredes norte y oeste de la sepultura fueron examinadas empleando la termografía por infrarrojos Ya entonces las imágenes capturadas por los sensores de la cámara detectaron la existencia de puntos fríos y corrientes de aire desconocidas hasta ahora que podrían indicar la presencia de nuevas cámaras.
La prueba de radar comenzó durante el atardecer del jueves, cuando el esmirriado ejército de turistas que visita actualmente la pedregosa hendidura del Valle de los Reyes desapareció del páramo. Según el relato publicado por National Geographic -el medio de comunicación que ha comprado las primicias de la misión-, Watanabe se dirigió a la cercana tumba KV5 para probar su equipo de radar adaptado para la ocasión. Verificado su correcto funcionamiento, se deslizó escaleras abajo hasta el nicho del faraón. Arrancó allí el escaneado de los muros norte y oeste -donde la hipótesis de Reeves sostiene que se esconden dos oquedades-, una labor que repitió durante las jornadas siguientes. «Hay un espacio hueco detrás de la pared. Así lo marca el radar, que es muy preciso. No hay duda», afirmó ayer a la prensa el especialista japonés. Unas palabras casi idénticas a las que pronunció el jueves en mitad de la atmósfera densa y viciada de la cámara funeraria.
«Es evidente que aquí hay una entrada a algo. Es muy obvio que esto es algo. Es muy profundo», clamó entonces Watanabe a un palmo del hallazgo. La pesquisa más prometedora se halla en el muro norte, donde -subraya Reeves- «la transición de roca sólida a no sólida, a un material artificial, es inmediata». «Hay una línea vertical, recta y precisa que se corresponde con la línea del techo. Parece sugerir que la antecámara continúa a través de una cámara funeraria que sirve como pasillo. [...] Los expertos del radar me han dicho que podemos estar de acuerdo en que detrás de esa partición hay un vacío», agrega. La revelación va en sintonía con la tesis que el profesor de la Universidad de Arizona esbozó el pasado agosto en una extensa entrevista a este diario. «Mi hipótesis es que nos encontramos ante una tumba dentro de una tumba. El enterramiento de Tutankamón se habría realizado en la parte exterior de una sepultura que ya existía y que se habría adaptado para tal fin», arguyó.
La zona hasta ahora desconocida se ubicaría en los muros oeste y norte. «Habría una cámara lateral debajo de la decorada pared oeste de la cámara funeraria y una prolongación de la tumba más allá del muro norte». En el primer caso (camuflado bajo el mural de los 12 monos, símbolo de las 12 horas nocturnas que debía transitar el monarca antes de renacer), la puerta conduciría a un almacén contemporáneo al resto de lo ya hollado, que podría albergar un ajuar tan maravilloso como el descubierto por Carter, con más de 5.000 objetos amontonados en la antecámara, la cámara funeraria, la cámara del tesoro y un anexo. En la pared norte, en cambio, el pasaje llevaría hasta una cámara funeraria. Ahí es donde su hipótesis sitúa el lugar de reposo de Nefertiti, consorte, corregente y probable sucesora de Akenatón. La corazonada la discuten los funcionarios egipcios, convencidos de que la inquilina debería ser, en cambio, Kiya, la segunda esposa de Akenatón y madre de Tutankamón, o Meritatón, primogénita de Akenatón y Nefertiti que se convertiría después en esposa del monarca que protagonizó la primera y fugaz aventura monoteísta de la Historia. Reeves basa su cábala en las pequeñas dimensiones del enterramiento de Tutankamón (inusuales para un monarca de la dinastía XVIII); el anómalo esqueleto del enterramiento (propio del de una reina) y el estudio de los frescos. «Rasgos estilísticos en la decoración de la pared norte, que dataría del enterramiento original y sería anterior a las pinturas del resto de muros, son una reminiscencia de Nefertiti».Desde que fuera enunciada, la tesis ha alimentado el debate de la comunidad científica. «Tutankamón vivió en Amarna, donde deberían haber sido enterrados Akenatón y Nefertiti, pero no es el caso. Mientras la momia de Akenatón probablemente sea la número 55 del museo de El Cairo, la de Nefertiti aún no se ha encontrado. Las pistas nos hacen suponer que, detrás de uno de los muros de la tumba de Tutankamón, existe un escondite. Puede haber nuevos objetos u otro sarcófago, tal vez el de Nefertiti», señaló el novelista y egiptólogo francés Christian Jacq en una entrevista a este diario. Sea como fuere, Luxor se prepara para el reto de abrirse paso hasta el enterramiento. Al Damati confía en desvelar su interior en tres meses. «La clave es excavar lenta y cuidadosamente y registrar cada paso. Esto no es una carrera. No podemos volver atrás y rehacer lo horadado, por lo que hay que hacerlo bien desde el principio», detalló ayer Reeves, «más seguro de lo que cabía esperar». Según Al Waziri, «el interior de la tumba de Tutankamón es intocable». «Podemos llegar a las nuevas estancias desde la cámara del tesoro o bien desde el exterior, excavando la montaña», aseveró. El egiptólogo británico que busca desde hace décadas la guarida de Nefertiti pide calma. «Todo suma. La tumba no va a desvelarnos sus secretos con facilidad. Está cediendo poco a poco. Éste es otro resultado. Y nada contradice la esencia de la teoría».
Fuente del texto: Muy Historia Nº 69 y http://www.elmundo.es/
Fuente de las Imágenes: wikipedia, absolutegipto.com, http://patrimoniosdelahumanidad.com
Pero ni siquiera ese photoshop arcaico, que probaría que la reina no fue tan perfecta como se creía, ha evitado que se la siga considerando una “mujer 10”. Tanto que en 2009 Nileen Namita se gastó 320.000 euros en cirugía estética con la esperanza de parecerse a ella. Excentricidades a parte basta contemplar su cabeza policromada para ahuyentar cualquier duda sobre su beldad.
Nileen Namita
Akenatón y Nefertiti
Amón
Atón
Tebas
Tell el-Amarna
Tampoco está clara la causa de la muerte de Tutankamón. En 2008, Yehia Gad y Somaia Ismail, del Centro Nacional de Investigación de El Cairo, analizaron su ADN y el de otras diez momias que se sospechaba que eran familiares directos, y se realizaron estudios topográficos. Estas investigaciones arrojaron datos sobre posibles enfermedades infecciosas que pudieron precipitar su fallecimiento. La presencia del Plasmodium falciparum probó que padecía malaria. ¿Murió por su causa directa o tal vez el parásito debilitó su sistema inmunitario y lo hizo más propenso a complicaciones?
A cada nueva investigación sobre Tutankamón y Nefertiti se acumula un valioso material, pero queda mucho para averiguar como vivieron y murieron. La mirada de la reina perdida de Egipto, con su única pupila, sigue siendo igual de inquietante que hace 3.000 años. Tanto o más que la que se intuye bajo la mascara del faraón mas universal. Ambos desafían el paso del tiempo. Saben que, mientras sigan siendo un enigma, se continuará hablando de ellos.
Nicholas Reeves no iba desencaminado con su tesis de que la existencia de otras cámaras en la tumba de Tutankamón. A principios de noviembre, las paredes norte y oeste de la sepultura fueron examinadas empleando la termografía por infrarrojos Ya entonces las imágenes capturadas por los sensores de la cámara detectaron la existencia de puntos fríos y corrientes de aire desconocidas hasta ahora que podrían indicar la presencia de nuevas cámaras.
Zonas donde Reeves cree que están las cámaras ocultas
La prueba de radar comenzó durante el atardecer del jueves, cuando el esmirriado ejército de turistas que visita actualmente la pedregosa hendidura del Valle de los Reyes desapareció del páramo. Según el relato publicado por National Geographic -el medio de comunicación que ha comprado las primicias de la misión-, Watanabe se dirigió a la cercana tumba KV5 para probar su equipo de radar adaptado para la ocasión. Verificado su correcto funcionamiento, se deslizó escaleras abajo hasta el nicho del faraón. Arrancó allí el escaneado de los muros norte y oeste -donde la hipótesis de Reeves sostiene que se esconden dos oquedades-, una labor que repitió durante las jornadas siguientes. «Hay un espacio hueco detrás de la pared. Así lo marca el radar, que es muy preciso. No hay duda», afirmó ayer a la prensa el especialista japonés. Unas palabras casi idénticas a las que pronunció el jueves en mitad de la atmósfera densa y viciada de la cámara funeraria.
«Es evidente que aquí hay una entrada a algo. Es muy obvio que esto es algo. Es muy profundo», clamó entonces Watanabe a un palmo del hallazgo. La pesquisa más prometedora se halla en el muro norte, donde -subraya Reeves- «la transición de roca sólida a no sólida, a un material artificial, es inmediata». «Hay una línea vertical, recta y precisa que se corresponde con la línea del techo. Parece sugerir que la antecámara continúa a través de una cámara funeraria que sirve como pasillo. [...] Los expertos del radar me han dicho que podemos estar de acuerdo en que detrás de esa partición hay un vacío», agrega. La revelación va en sintonía con la tesis que el profesor de la Universidad de Arizona esbozó el pasado agosto en una extensa entrevista a este diario. «Mi hipótesis es que nos encontramos ante una tumba dentro de una tumba. El enterramiento de Tutankamón se habría realizado en la parte exterior de una sepultura que ya existía y que se habría adaptado para tal fin», arguyó.
Vaso canopo de Kiya, la posible madre de Tut.
La zona hasta ahora desconocida se ubicaría en los muros oeste y norte. «Habría una cámara lateral debajo de la decorada pared oeste de la cámara funeraria y una prolongación de la tumba más allá del muro norte». En el primer caso (camuflado bajo el mural de los 12 monos, símbolo de las 12 horas nocturnas que debía transitar el monarca antes de renacer), la puerta conduciría a un almacén contemporáneo al resto de lo ya hollado, que podría albergar un ajuar tan maravilloso como el descubierto por Carter, con más de 5.000 objetos amontonados en la antecámara, la cámara funeraria, la cámara del tesoro y un anexo. En la pared norte, en cambio, el pasaje llevaría hasta una cámara funeraria. Ahí es donde su hipótesis sitúa el lugar de reposo de Nefertiti, consorte, corregente y probable sucesora de Akenatón. La corazonada la discuten los funcionarios egipcios, convencidos de que la inquilina debería ser, en cambio, Kiya, la segunda esposa de Akenatón y madre de Tutankamón, o Meritatón, primogénita de Akenatón y Nefertiti que se convertiría después en esposa del monarca que protagonizó la primera y fugaz aventura monoteísta de la Historia. Reeves basa su cábala en las pequeñas dimensiones del enterramiento de Tutankamón (inusuales para un monarca de la dinastía XVIII); el anómalo esqueleto del enterramiento (propio del de una reina) y el estudio de los frescos. «Rasgos estilísticos en la decoración de la pared norte, que dataría del enterramiento original y sería anterior a las pinturas del resto de muros, son una reminiscencia de Nefertiti».Desde que fuera enunciada, la tesis ha alimentado el debate de la comunidad científica. «Tutankamón vivió en Amarna, donde deberían haber sido enterrados Akenatón y Nefertiti, pero no es el caso. Mientras la momia de Akenatón probablemente sea la número 55 del museo de El Cairo, la de Nefertiti aún no se ha encontrado. Las pistas nos hacen suponer que, detrás de uno de los muros de la tumba de Tutankamón, existe un escondite. Puede haber nuevos objetos u otro sarcófago, tal vez el de Nefertiti», señaló el novelista y egiptólogo francés Christian Jacq en una entrevista a este diario. Sea como fuere, Luxor se prepara para el reto de abrirse paso hasta el enterramiento. Al Damati confía en desvelar su interior en tres meses. «La clave es excavar lenta y cuidadosamente y registrar cada paso. Esto no es una carrera. No podemos volver atrás y rehacer lo horadado, por lo que hay que hacerlo bien desde el principio», detalló ayer Reeves, «más seguro de lo que cabía esperar». Según Al Waziri, «el interior de la tumba de Tutankamón es intocable». «Podemos llegar a las nuevas estancias desde la cámara del tesoro o bien desde el exterior, excavando la montaña», aseveró. El egiptólogo británico que busca desde hace décadas la guarida de Nefertiti pide calma. «Todo suma. La tumba no va a desvelarnos sus secretos con facilidad. Está cediendo poco a poco. Éste es otro resultado. Y nada contradice la esencia de la teoría».
Fuente del texto: Muy Historia Nº 69 y http://www.elmundo.es/
Fuente de las Imágenes: wikipedia, absolutegipto.com, http://patrimoniosdelahumanidad.com
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